El viaje de Flor a Cinque terre
- flor7889
- 30 jun
- 5 min de lectura
Cinque Terre: cinco pueblos, infinitas emociones
Las notas de una viajera que, después de recorrer más de 50 destinos alrededor del mundo, encuentra en la costa italiana una nueva forma de belleza: sencilla, luminosa y profundamente auténtica.
Día 1
La Spezia
El tren llega a La Spezia y, sin esperarlo, este lugar se convierte en el punto de partida de todo.
No es uno de los pueblos de Cinque Terre, pero tiene algo de puerta secreta. Más amplio, más cotidiano, más real. Aquí decido alojarme, y con el paso de los días entiendo que fue una de las mejores decisiones del viaje ya que hay mucha más oferta de hoteles que en los pueblitos.
Las calles son vivas, con cafeterías llenas de gente local, heladerías abiertas hasta tarde y ese ritmo italiano que mezcla calma con movimiento constante.

Por la tarde camino junto al puerto. Los barcos se balancean suavemente y las montañas al fondo parecen proteger la ciudad. Encuentro un lugar donde poder sentarme y tomar el aperitivo, un buen Aperol Spritz acompañando de una pizza.

Día 2
Monterosso al Mare y Vernazza
El tren se detiene junto al mar y, apenas bajo al andén, el aroma a sal, limón y focaccia recién horneada me da la bienvenida a Cinque Terre.
Monterosso aparece entre colinas verdes y fachadas color pastel, como una postal detenida en el tiempo. El Mediterráneo brilla con esa intensidad imposible de explicar y las sombrillas alineadas frente al mar parecen parte de una antigua película italiana, como lo he dicho, una auténtica postal pero que puedo verla con mis propios ojos.

Camino sin rumbo por las calles estrechas del casco antiguo. Ropa tendida entre balcones, persianas verdes abiertas, señoras hablando desde las ventanas y pequeños restaurantes donde el tiempo parece avanzar más despacio, la gente en la terraza tomándose su café o ya su copa de vino. Decido hacer lo mismo, sentarme frente al mar con una copa de vino blanco local y entiendo algo casi de inmediato: aquí nadie tiene prisa.

Después de pasar toda la mañana por Monterosso, decido subirme nuevamente al tren y dirigirme al siguiente pueblo, Vernazza, que es como entrar en una pintura.

Las casas de colores se derraman hacia el pequeño puerto. El sonido de las olas, mezclado con las conversaciones en italiano, crea una especie de música suave que acompaña todo el día.
Subo lentamente hacia el mirador entre senderos rodeados de olivos y viñedos suspendidos sobre el mar. El mar parece infinito, brillante, completamente azul, con muchos barquitos paseando a la gente.
Me detengo varias veces solo para mirar y fotografiar, porque en Cinque Terre mirar también forma parte del viaje

Día 3
Corniglia, Manarolla y Riomaggiore
Empiezo el día bajándome en Corniglia, un pueblito que no tiene puerto. Y quizás por eso se siente diferente al resto.
Para llegar hay que subir interminables escaleras mientras el mar queda abajo, inmenso, golpeando las rocas. Cuando finalmente llego arriba, el silencio me sorprende. Las calles son estrechas y tranquilas, las terrazas están llenas de plantas y desde cualquier rincón aparece el azul intenso del Mediterráneo.
Pido un espresso en una pequeña plaza mientras observo a los locales conversar sin mirar el reloj. Nadie corre. Nadie parece preocupado por llegar a otro sitio.
Por la tarde camino entre viñedos suspendidos sobre el acantilado. Las uvas crecen prácticamente frente al mar y el viento trae olor a sal mezclado con tierra caliente.
Anoto en mi cuaderno de viaje: viajar también es aprender a quedarse quieta.
Al medio día decido ir a Manarola, un pueblito con fachadas rosas, amarillas y naranjas que combinan unos colores muy bonitos. También se puede observar las pequeñas barcas sobre la rampa junto al agua.
Camino despacio bordeando la costa. El mar golpea suavemente las rocas y el aire huele a limón y verano. Hay viajeros sentados sobre las piedras observando los colores, el mar, y aprovechando a tomar el aperitivo.

Voy al restaurante “Nessum Dorma” a escanear el QR, ya que es la manera de reservar una mesa poniéndote en la cola. Siempre que veía fotos de este pueblito, me aparecían las vistas desde ahí. Pido un Aperol Spritz, tabla de quesos con embutidos de la zona, y no puede faltar la famosa bruschetta al pomodoro, basilico y pesto. Yo sentada con esas vistas, comiendo algo típico de la zona… de verdad que no podía pedir más.

Luego decido andar nuevamente por el pueblito y con tanto calor… llegó la hora de pedirme un helado, no puede faltar estando en Italia, seguido por un chapuzón en el agua ya que el clima lo permitía.
Para terminar el día completo, me dirijo al último pueblo, Riomaggiore.
Subo por las calles empinadas mientras el sonido del mar queda detrás de mí. Desde arriba, las casas parecen apiladas unas sobre otras, aferrándose al acantilado.

Paso la tarde caminando, entrando en pequeñas tiendas, probando helado de limón y sentándome frente al mar simplemente a escuchar las olas.
Cinque Terre tiene algo difícil de explicar. No son solo sus paisajes ni sus pueblos perfectos. Es la manera en que te obliga a ir más despacio. A mirar más. A sentir el tiempo de otra forma.
Al final del día, mientras el sol desaparece detrás del Mediterráneo, entiendo que lo más bonito de este viaje no han sido únicamente los lugares, sino cómo me he sentido dentro de ellos.
Anoto en mi cuaderno: hay destinos que no solo se visitan, te enseñan una nueva manera de vivir el presente.
Algunas recomendaciones para recorrer Cinque Terre
Para vivir Cinque Terre de la mejor manera posible, hay pequeños detalles que cambian por completo la experiencia.
Me alojaría en La Spezia y desde allí me movería cada día entre los pueblos. Es una base más cómoda, con más opciones y permite disfrutar la zona sin la sensación de estar cambiando de alojamiento constantemente.
También recomendaría comprar la Cinque Terre Card o el pase de tren. Los trayectos entre pueblos son muy cortos y poder subir y bajar libremente del tren hace que el viaje sea mucho más fluido y espontáneo, casi como si los cinco pueblos formaran parte de uno solo.
Pero si hay algo imprescindible es recorrer al menos un tramo a pie entre los pueblos. Los senderos que conectan Monterosso, Vernazza, Corniglia, Manarola y Riomaggiore atraviesan viñedos suspendidos sobre el mar, acantilados infinitos y miradores que parecen no terminar nunca. Las vistas son simplemente alucinantes.
Caminar esos caminos es otra forma de entender Cinque Terre. Más lenta, más íntima, más real.
Y si se puede, hacerlo también desde el mar. Ver los pueblos desde el barco cambia completamente la perspectiva: las casas de colores encaramadas en los acantilados, los pequeños puertos escondidos y la forma en que la costa se va revelando uno tras otro hacen que todo se sienta aún más irreal.
Porque al final, Cinque Terre no es solo un destino que se recorre. Es un lugar que se observa desde todos sus ángulos, hasta entenderlo un poco más… o simplemente dejarse llevar.




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